El Calabozo del Amo del Calabozo

Cultura pop

Vidas imaginarias de mis amigos: Sergio K. Amira (PARTE 1)

Sergio K. Amira y Pitufina

Esta entrada recoge la biografía de quien deberíamos considerar uno de los grandes comentadores culturales de la sociedad pitufa, puesto que Papá Pitufo contiene en sí mismo la diversidad suficiente de todos los caracteres de la única aldea en donde habitan estos seres misteriosos, que casi nadie ha visto.

Todo el mundo lo conoce. Un hombre sabio, azul y que ha dedicado su vida a la Villa Pitufo, a pesar de las amenazas e intromisiones constantes del mundo exterior, ese planeta desconocido del cual la inmensa mayoría de los pitufos no tiene la más pitufa idea. Nadie sabe en dónde nació ni cómo llegó a ser el monarca de hoy, mucho menos cómo se desarrolló su eterna rivalidad con Gargamel, el mago oscuro. En lo más profundo del bosque, su base de operaciones es un resabio de las antiguas sociedades humanas en donde el dinero no existía y cada uno tenía una función según su aptitud. Papá Pitufo es el campeón de la Aldea, el guardián de las costumbres, el detentor del conocimiento. Nada menos que el último Hombre del Renacimiento que sabía tanto de las ciencias naturales como de la Ciencia en las Estrellas más avanzada.

No hay más que eso, no cantaremos más loas, sino que detallaremos sus penitencias en una cruda mañana de invierno en el bosque, en que se levantó pensando lo acostumbrado: por qué Pitufina no le daba la pasada. No destruiremos nada de su imagen con decir que, al igual que todos los pitufos, Pitufina era la razón de sus erecciones matinales a una edad en que ningún macho en este planeta tiene la suficiente presión hidráulica para hacerlo. Siendo la única hembra -una sensual y contorneada, hay que decirlo-, llegó incluso a insinuarle que podría ser Mamá Pitufa con todos los beneficios que ello traía, pero no pasó de allí. Sin embargo, ella estaba en sus pensamientos en casi todos los momentos del día y no terminaba de acostumbrarse, todas las veces se sorprendía adivinando sus curvas debajo de ese inocente vestido blanco. Así que tomó un poco de pan, queso y un jarro de cerveza y se fue a meditar a su lugar favorito, detrás de la aldea. A esa hora estaban todos en plena faena: Constructor alzaba una estructura que Papá Pitufo no pudo distinguir bien, mientras que Granjero llevaba la cosecha de zanahorias pitufas a la bodega. Filósofo y Poeta otra vez discutían sobre la importancia de la literatura decimonónica en la novela actual y Perezoso todavía dormía, como hace una semana, debajo del carromato de Gruñón. A todos saludó y todos le saludaron, como siempre había sido. Se pasó también por el lugar de Pitufina y la halló como siempre, radiante, subida en una escalerilla, desde donde ordenaba sus arreglos florales. La saludable turgencia de sus piernas le provocaron a Papá Pitufo un sofoco de aquellos, pero fue la ropa interior blanca con delicados bordados lo que le dio el coraje para abordarla. Desde la base de la escalerilla le preguntó si había tomado las precauciones necesarias para no caerse. Pitufina, tomada por sorpresa, dio un respingo que hizo que sus pechos rebotaran para gran placer de Papá. Ella le dedicó una sonrisa inocente y le respondió lo mucho que la había asustado. Los sentimientos en la cabeza de la fémina son difíciles de discernir -solo podemos saber los de Papá-, pero seguramente había una mezcla de atracción fatal por el poder con la culpa de saber que él era unos cientos de años mayor. En fin, no era totalmente indiferente a esa figura paternal con atractiva barba blanca, que seguramente podía hacer maravillas en la anatomía femenina. Se abordaron con gentileza mutua, ignorando la tensa radiación ambiental a su alrededor, preguntándose bobamente por el festival de otoño y comentando lo bien que Cantor componía cuando quería. Papá finalmente se alejó con un “Te veo otro día, hija mía” y se prometió que volvería a la cabaña a buscar una fórmula para acabar definitivamente con esa insania. En algún lado de sus libros estaría la construcción de una Pitufa Robotina.

Lea el resto de esta apasionante historia escrita por el Gran Maestre Saavedra, en Erizo, literatura para excéntricos millonarios. Advertencia: si no es millonario ni excéntrico como Sir Stewart Wallace, el erizo puede que te hiera con sus púas.

Written by Amo del Calabozo

February 19, 2012 at 3:32 pm

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