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Cultura pop

Superman: Arqueología de una supernova

¿Qué ángulo nuevo se le puede encontrar a un personaje tan viejo? Al fin y al cabo la irreductible esencia del personaje no podía cambiar ya desde el principio. Superman es un arquetipo puro que funciona como barómetro moral de la época, a diferencia de otros personajes que se identifican demasiado con un momento. Como en la literatura, en los cómics de este héroe accedemos a los más altos valores de nuestra sociedad y la denuncia de los más bajos y no puede ser de otra manera, siempre ha sido así. Por eso es difícil decir algo nuevo sobre él, porque nunca cambia, y ha sido un verdadero problema y el paradigma de su popularidad. ¿En cuántas ocasiones se ha relatado el mismo origen, las mismas experiencias sobre Superman? Es casi recurrente ―un juego ineludible que se retoma con cada autor― volver a contar lo que se ha contado miles de veces, llevándolo al status de leyenda, dándole el carácter mítico al despojarlo de toda personalidad y convertirlo en idea. ¿Qué nuevo se puede contar? Nada. Sólo seguir agregando mitología, nuevos personajes que representen arquetipos, pero nunca debe atacarse el núcleo del mito.

Alguna vez creí que podía cambiar. No es que sea un personaje en el que me fije mucho, sus ochenta años me atrajeron pocas veces. Por supuesto, ahí está la primera película con el mejor Superman de todos: Christopher Reeve, pero también están varias series que se alzaron del mediocre promedio como Red Sun, la saga Savior of Apokolips y el reciente All-Star Superman. Sin embargo, la macrosaga El Reino de los Supermanes tuvo la oportunidad de dar una visión radicalmente diferente de su universo. La ausencia del personaje principal dejó un caos tan espectacular que se volvió creativo y expectante como pocas veces. Al fin pudieron salir todas las historias sin su asfixiante sombra, pero se volvió a encorsetar cuando Superman volvió en gloria y majestad en la armadura kriptoniana. Y qué nos quedó, un epic fail donde se farrearon la oportunidad de dar una visión radical y una mirada fresca. La sensación fue que Superman nació completo, no era necesario repensarlo al nivel de su eliminación.

Pero alguna vez no fue así.

Dediqué un buen rato de baño a rumiar qué ángulo quería explorar. Ya no me interesaban ni las películas ni los cómics, y los videojuegos están fuera de mi alcance. Es asombroso comprobar que como producto ofrezca tan poco, pero se sigue perpetuando tan bien. El dios Google, por otra parte, me dio la respuesta al enviarme al enlace sobre las novelas del superhéroe: en su infinita sabiduría me sugirió “rapidshare”+”The Adventures of Superman”. Era una traducción en castellano del libro escrito por George Lowther, hecha por un fan del hombre de acero. Su principal característica es ser la primera novela sobre el tema que databa de 1942.

George F. Lowther (1913-1975) fue un hombre de radio principalmente, un típico americano inquieto y promedio que puede haber servido de modelo para el sueño americano después de la guerra. Escribió, produjo y dirigió una cantidad de programas radiales y televisivos en la época en que todo era nuevo y todos los temas tenían cabida. Sus guiones, que se cuentan por decenas, ayudaron a configurar verdaderos clásicos como “Dick Tracy”, “Terry and the Pirates” y “Roy Rogers”, en radio, y las primeras series de ciencia ficción televisiva como “Tom Corbett, Space Cadet” y “Captain Video and his Video Rangers”. Se puso a trabajar a los 13 años en NBC y terminó sus días escribiendo 44 episodios del CBS Radio Mystery Theater (CBSRMT). Durante los años 1940 fue el guionista de los programas de Superman en la Mutual Radio Network y en plena Segunda Guerra Mundial consiguió sacar a la luz “The Adventures of Superman” por Random House, apenas cuatro años después del famoso Action Comics nro. 1. Para entonces, el personaje ya era lo suficientemente popular para permear la mentalidad americana y conquistar las tiras de prensa, los dibujos animados, los programas radiales y toda la parafernalia de merchandising. Incidentalmente, fue de las primeras historietas en utilizar el formato del comic book, inaugurado por M.C. Gaines y compañía en 1938.

El libro en sí mismo tiene todos los defectos propios del pulp de los 1940’s: un patrioterismo y paranoia exacerbado por la Guerra, vueltas de tuercas que a estas alturas están superadas, un estilo pobre, inane, pero que por lo menos fluye bien. Lowther definitivamente no era un buen escritor y lo peor es que tampoco era malo, dejándolo en la sombra de los millones que lo intentaron sin alcanzar una impronta propia. Pero tenía esa virtud tan norteamericana de plantear una historia, desarrollarla por derroteros en los cuales no te perdías y rematarla satisfactoriamente. Lo comprueban las decenas de guiones que escribió y que han criado legión en CBSRMT, que hasta el día de hoy se pueden descargar en MP3. Sin embargo, el libro es uno de los coleccionables más difíciles de encontrar debido a que no existen muchos, y muchos menos conservan la portada o los varios bocetos que hizo Joe Shuster para la edición (Un ejemplar se transa en hasta 3500 dólares). La versión en castellano la conseguí de una fanedición hecha (supongo) por Mariano Bayona Estradera, que tiene varias páginas web dedicados al superhéroe y un muy interesante artículo sobre el contexto en que se dio el libro. Asegurándose que ninguna editorial tuviera los derechos, acometió la tarea de traducción y luego colgó varios capítulos en la red, para después liberar el resto en un documento.

En el libro todo comienza en Krypton. Jor-el es un afamado científico que vive apesadumbrado por la noticia que tiene que dar al Consejo de los Cien. En un arranque de dramatismo trasnochado les grita: “¡Krypton está condenado!”, por supuesto todos creen que al pobre sabio se le ha salido un tornillo. Más o menos como lo vimos en la película de 1978, el planeta se va al carajo con espectaculares efectos especiales: “(…) el ardiente cielo brillaba cada vez más, los cometas giraban más de prisa y las estrellas caían en mayor cantidad.” Todos, menos Kal-el, mueren en la debacle. Su nave de escape resguarda la pequeña vida mientras atraviesa el espacio hacia la Tierra, en donde será como un dios, ya que un solo kriptoniano puede hacer el trabajo de diez hombres. Más o menos como los chinos. Sigue el aterrizaje y el descubrimiento por Eben Kent, el padre adoptivo de Clark, que lo lleva hasta su esposa Sarah para decidir la suerte del niño. Como eran pobres y no tenían hijos deciden quedárselo y educarlo como propio. El chico crece entre cherry pie y la pesca en estanque hasta que en su cumpleaños número trece descubre en la escuela que puede ver a través de los objetos. Desde entonces empieza a sospechar que no es como los otros. Predeciblemente ―porque ya lo hemos visto incontables veces― continúa hasta que lo vemos en comisión por primera vez como periodista del Daily Planet de Metrópolis. Perry White, a quién ya había conocido años atrás en el episodio que llevó a la muerte al padre de Clark, le encomienda que investigue unos extraños sucesos en el astillero de Maine, entonces importante por los suministros de guerra que salían de allí. Y aquí se pone interesante la cosa porque siendo el escritor un guionista de misterio comienza a mezclar elementos paranormales ―a la gótica― con nuestro Hombre de Hierro, una combinación pocas veces vista y con potencial. El barco fantasma que aparece en las noches de niebla está causando estragos en el pueblo, haciendo que ya nadie se sienta seguro. El mismo Clark presencia una de las apariciones y casi no da crédito a sus ojos, pero él es un hombre sin miedo y decidido a continuar investigando hasta el final. La trama se extiende por una decena de capítulos más, pero se va desinflando ―para los estándares actuales― desembocando en una trama de espías y contraespías, un intento de asesinato contra Clark, un sabotaje nazi a nuestras tropas norteamericanas y épicas batallas navales en donde ustedes-saben-quién lleva las de ganar. En el capítulo quince ya tenemos incluso a Lois Lane, la sagaz periodista que viene a echarle una mano al torpe Kent. Todo el ardid queda al descubierto, pero los sucios nazis están a punto de cometer un golpe que doblegará las fuerzas norteamericanas, y quizás cambie el destino de la guerra. Y… y…

¿Qué, se acaba? La traducción termina en la página ochenta y siete con Kent empelotado y decidido a darle de mamporros a los nazis. No tengo la más peregrina idea si ése era el verdadero final o aún sigue traduciéndose. Supongo que más adelante, en otro libro o capítulo, Superman descubre quién está detrás de todo y Kent ingresa a las filas del Daily Planet con la venia de Perry y el desprecio benevolente de Lois. Vaya libro, fue lo que dije, plano como el scanner de una planta de interior. Lo único para el bronce que se me ocurre es que el entretenimiento popular ha avanzado un abismo desde entonces, que con el incremento promedio del C.I. de la población también ha crecido la sofisticación de los productos que consumen. Pero es una lectura engañosa. Evidentemente que hay mucha diferencia entre un episodio de “24” y uno de “Las Aventuras de Superman” (1942), pero aquellos días tenían un plus que hoy ya no existe: todo era nuevo y permitido. Porque era permitido colocar a nuestros héroes al borde de un volcán en erupción o lanzarlos a un Marte habitable, porque como no habían antecedentes el único valor era la aventura misma, porque el pasado era tan cercano y el futuro algo lejano y exótico. Todo podía pasar. Y en este contexto el increíble y oculto mérito de Lowther fue crear de la nada una pieza fundamental para entender al Hombre de Hierro.

Tanto en Action Comics como en Superman Comics, World’s Finest Comics y las tiras diarias, el superhéroe aparecía como el reportero Clark Kent ya asentado en el Daily Planet, con más o menos la misma caterva de personajes que todos conocemos ahora, pero poco se había dicho sobre los años formativos o el origen kriptoniano del personaje. Lowther consideró que era importante partir contando estos eventos para definir el carácter de Superman. Fue la primera vez que se relató cómo finalizó Krypton; pero aún más importante, por qué Clark Kent tiene un sólido comportamiento moral. Y aquí aparecen los Kent, una familia del medio oeste americano que basa su filosofía de vida en el trabajo duro, la fe en Dios y hacer siempre el bien. Todos valores de una nación entonces emergente que significaron su piedra angular de un sistema de vida que duraría cuarenta años. Es curiosa la sincronía de las corrientes de influencia en la que vivimos a diario: la cultura popular se nutre de lo que está en el aire para luego difundirse masivamente y potenciar las mismas tendencias de las que nació. En el caso de Superman, se construyó a imagen y semejanza del arquetipo de ciudadano que se imaginaban los americanos que eran y, por enroque, se convirtió en el modelo de sociedad que América quería para sí.

Punto aparte merece la figura del padre, Eben Kent. El escritor imagina que él es el verdadero progenitor del héroe, a pesar de toda la rica herencia kriptoniana. Sin desconocer que Superman tiene unos poderes extraordinarios, que fue concebido bajo otra estrella, es junto a Eben que el chico se transforma en hombre al adquirir dimensión moral de lo que puede hacer. Más de veinte años antes del “Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad” arácnido, Eben ―en su lecho de muerte― sella la herencia valórica de Clark con el siguiente párrafo: “Déjame guiarte, hijo, como cuando tenías diecisiete años. Hay una gran tarea para hacer en este mundo y tú puedes hacerla. Debes usar tus poderes para ayudar a la humanidad. (…) Contigo al lado de la ley y el orden, el crimen, la opresión y la injusticia perecerán al final.” Y continúa con una advertencia que es extrañamente bella en el contexto del libro y que justifica la dualidad Clark-Superman: “Los hombres son extraños. Creen en cosas equivocadas, dicen cosas equivocadas y hacen cosas equivocadas. No es lo que quieren hacer, pero lo hacen. Ellos no te comprenderán, muchacho. No sé decirte cómo actuarán contigo, pero sé que no será de la forma correcta.” Así las cosas, el chico no solo adquiere una deuda con el padre muerto sino con el mundo, para transformarse en el Superman que todos conocemos.

Superman, el héroe, es tan viejo como el planeta y ya no nos sorprende. Por eso leer el libro de George Lowther suena tan añejo. Lo hemos leído y visto una cantidad de veces que ya no sabemos rutear cuál es su origen y, cuando tropezamos con él, la reacción es asimilarlo a las miles de copias que recordamos. En 1942, la experiencia de leer “The Adventures of Superman” fue excitante por lo nuevo e increíble que parecía. Me refiero lamentablemente a una experiencia extinta hoy en día en la que uno solo puede participar como arqueólogo. No obstante, sí se puede sentir una especie de asombro retrospectivo al reconocer el instante exacto en que una mitología se concreta, aquella que duró entre 1938 y 1942, y a la que George Lowther puso una piedra maciza y definitiva en la figura de Superman. Es análogo a cuando un astrónomo detecta por primera vez la explosión de una supernova: aunque sabe que ocurrió hace miles de años y solo es un reflejo de lo que sucedió, tiene la capacidad de contextualizar su gloria y registrarla para la posteridad. Tanto si fue intencional o no, el nombre de Lowther merece estar al lado de Jerry Siegel y Joe Shuster como legítimo creador de uno de los más grandes mitos de la civilización occidental. Y todo esto sucedió hace miles de años; casi tan lejano como Krypton. Paradojalmente, ahora saben algo que no sabían sobre Superman y que quizás cambie la forma en que leemos el pasado. 

© 2009, Luis Saavedra.

Written by Amo del Calabozo

January 1, 2010 at 2:33 am

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